El jardín de Paris... ha estado de poda y renovó los especímenes. Pasen y vean!


lunes 24 de marzo de 2008

¿Qué tipo de memoria hacemos?

Haciéndose el 24 de marzo la conmemoración de la última interrupción a la democracia argentina a manos de las Fuerzas Armadas es importante no caer en la moda de los derechos humanos por la moda misma. ¿Cuál es el sentido profundo de recordar años tan difíciles y cercanos a los nuestros?

No hay hoy escuela o instancia de gobierno y representación que no incluya en su agenda de actividades la conmemoración del “Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia”. Se trata de una fecha que caló hondo en la sociedad en razón de algunos factores, entre los cuales se pueden enumerar los siguientes: la pérdida de una generación y el vacío sin consuelo del caso de los desaparecidos; la crisis económica (¿inducida?) del modelo desarrollista, reemplazado por economías neoliberales; la pérdida del sentido participativo político y social a través del terrorismo de Estado, que introdujo en la sociedad miedo a la libertad de expresión y hasta de pensamiento mediante censura, persecución y tortura psicológica y física; etc, etc.

La memoria se impone como una autocrítica y una autocorrección de la sociedad argentina para consigo misma, pues sería una irresponsabilidad decir que represores y cómplices salieron de otra parte. Si bien hay responsabilidades personales, la historia demuestra que los dictadores son hijos de su tiempo y de ideologías colectivas que son como combustible para el fuego personal. Hacer memoria es aprender de los errores para no repetirlos y de los aciertos para acentuarlos y perfeccionarlos; y esto vale mucho más cuando aún no se cerró definitivamente la historia que se recuerda.

Pero ahora que la opción democrática de nación se va subsanando y recupera su vigor con una fuerza más que loable, hay que evitar el vicio, el culto a la memoria, la verdad, la justicia y los derechos humanos por simple moda. Caer en el cliché es un peligro: se trivializa lo que es muy serio, se lo vuelve tonto, marketinero, se lo vuelve fetiche, juego y diversión. Y temas tan delicados como estos exigen estar despierto.

Cuando la cultura se inventa nuevas formas de responder a la necesidad de memoria, verdad y justicia, muchos optan por lo fácil: hablar de la picana, apelar a las emociones (lo mismo que Tinelli apela a las emociones para el rating en sus competencias de patinaje o canto o baile), quedarse con el dolor que produce la desaparición forzada de personas y no los valores y las luchas que desencadenaron esas desapariciones. Vivimos en una época que convierte todo en televisable, y para que lo televisable dure debe ser o muy divertido y muy sanguinario. Pero la memoria no debe quedarse con la picana: picanas hubo siempre y las habrá aún.

Tenemos un país que no sólo no se pone de acuerdo acerca de cómo avanzar y construirse como unidad, sino que además destruye, a través de autoridades circunstanciales y sectoriales, su diversidad de discursos y expresiones. Las minorías fueron y son diezmadas, tratadas como locas, calladas con la censura. Las opciones alternativas de entender la vida de los hombres son tachadas como patológicas bajo diversos calificativos: ‘subversión’, ‘locura’, ‘pecado’, ‘crimen’, ‘traición a la Patria’, y todos conocemos más apelativos.

Hacer memoria no es sólo reivindicar a los desaparecidos, y sobre todo sus ideas, y buscar los nietos apropiados por el derecho a la identidad y la verdad; también es recordar que un o una presidente descalifica a la oposición política y se niega a dar conferencias de prensas y someterse al interrogatorio de la prensa; también es recordar que en la historia no existen buenos y malos a la manera de las telenovelas, pues en la vida real hay muchos grises entre el negro y el blanco, y además conviene hablar de lucha de intereses y mentalidades más que de villanos y bienhechores.

Dita, hacedora de paraísos (fragmento)

La joven Dita tiene la solución para erigirse en la amante más incomparable de su tiempo y tal vez de los que le precedieron. Captó que los encuentros ocasionales y fugaces con sus tantos y circunstanciales hombres deben provocar en ellos la sensación de viaje o, mejor todavía, la de una estadía lejos de su vida cotidiana. Una cita es una fuga, un desligarse, un abandonar responsabilidades para entregarse a los brazos del trance y el descanso.

Y Dita es una constructora de paraísos artificiales y a por hora. Hace paraísos pequeños y nada abstractos: reacondiciona una y otra vez la recámara, los modos de iluminación, la aromatización del ambiente y el aspecto de su cuerpo, entre otros aspectos.

La doncella sabe de los efectos de paraíso con que se lanza a la hipnosis del beneficiario: puede deleitarlo con la cítara, leerle antiguos versos románticos o poemas salidos de su intuición de mujer de muchos, disponer en torno a ambos telas con transparencias y flores voluminosas para potenciar la huida a sitios ajenos y acogedores… y más.

La Dita amante se sabe fuente de placer y descanso. Su disponibilidad es al letargo del amante, su complacencia, su abandono y cobijo entre piernas y cabellos protectores y seguros. Dita tiene un permiso de Cronos para detener el tiempo y los consejos de Poseidón para ser un mar en quien el otro pueda zambullirse sin peligro de ahogamiento.

Dita es fuego lento, tibio caliente, ausencia de vientos y de ruidos extraños y perturbadores. Quizás los hombres que viajan con ella a ningún-lugar piensan que deben tener tema de conversación o habilidades para que el tiempo transcurra lo más grato posible, pero se olvidan de que Dita tiene autorización divina para jugar con temporalidades. Y lo que más sabe hacer con ellas es suspenderlas.

Los ciclos, la permanencia y el cambio

Tras 49 años al frente del proyecto comunista de Cuba, Fidel Castro abandonó su presidencia para cederla al hermano, con las mismas perspectivas de continuidad de ese modelo de gobierno y de organización social. Mientras tanto, la Iglesia católica, a través de la encíclica Spe Salvi del papa Benedicto XVI, deposita su fe en la esperanza cristiana y ataca cualquier intento de vida social que no tenga a Dios como fundamento. Formas de entender el mundo.

Dictadura o liberación

La revolución cubana que llevó a Fidel Castro al poder, el que aún conserva junto a sus compañeros de lucha y adeptos que llegaron después, parece seguir perpetuándose, aunque sabido es que nada dura para siempre (¿pero cómo saber hasta cuándo?). Es un hito único: se trata de la experiencia actual por antonomasia de resistencia al modelo socioeconómico capitalista, que ha logrado mayorías en las naciones del mundo.

Los elogios y las críticas son conocidos. Los turistas que viajan a la isla centroamericana evalúan la realidad y, para bien o para mal, regresan a sus países con la impresión de haber ido a un lugar ‘distinto’ en el mundo. Pero, contra viento y marea, el régimen sigue impuesto, incluso con un pueblo que ya no lo ama tanto como antaño.

En una nota de La Nación titulada “Un gobierno que deberá hacer frente a reclamos no resueltos”, el periodista indicaba que el nuevo Gobierno cubano “deberá afrontar los ‘cambios estructurales y de concepto’ a que se comprometió Raúl en su discurso del pasado 26 de julio, cuando los cubanos abrieron los ojos de par en par al escuchar que el general reconocía públicamente que los salarios no dan para vivir, un argumento que Fidel siempre rechazó con vehemencia”.

La actitud del hermano y mano derecha de Fidel puede significar un cambio en ese modelo (al menos un mínimo cambio es algo esperado para quienes quieren romper con este estilo), pero la opinión generalizada es que el cambio obedece simplemente a motivos de salud, sin los cuales el líder cubano seguiría en su cargo. O sólo es un cambio de nombre (ni siquiera de apellido), o más sutilmente se trata de ‘gattopardismo’, la actitud de cambiar en la superficie para que el fondo no cambie.


Lo importante es que Cuba como grupo, como unidad, se permita evaluar permanentemente si el modelo de gobierno que se impuso hace medio siglo como liberación hoy sigue cumpliendo esa misión, o si acaso ya lo hizo, o si acaso revirtió los papeles y terminó convirtiéndose en otro tipo de opresión. La experiencia histórica nos ha dado sobradas muestras de lo peligrosas que son las autoproclamadas ‘soluciones’ o ‘reorganizaciones’. Mientras tanto, un pueblo tiene ahogada su democracia y limitadas sus oportunidad de elegir, y eso es una falta grave.

Fe o razón

El papa Ratzinger, en sus tres años al frente de la Santa Sede y de todos los católicos, acentuó la actitud de su antecesor Juan Pablo II respecto a delinear la situación de la Iglesia católica frente al mundo moderno, que definitivamente no se ajusta ya a un modelo religioso. Los tres principales enemigos de la fe cristiana son el ateísmo, el laicismo y el relativismo moral, y es que ya no impera una cosmovisión según la cual el orden terreno obedece a un orden sobrenatural presidido por una divinidad.

En una actitud de rechazo hacia la modernidad y su racionalidad característica, el pontífice se lamenta de que el mundo se piense sin Dios, sin la unidad fe-razón sostenida por la religiosidad, y cree que los hombres deben volver a depositar sus fuerzas y sus convicciones en Dios, que según la encíclica Spe Salvi (salvados por la esperanza) debe ocupar un lugar central en las sociedades (consecuentemente todos los aparatos y sistemas de religión pasan a ocupar un lugar preponderante).

Para entender un poco las dimensiones del planteo papal podríamos pensar que su modelo de mundo sería a semejanza del período histórico de la Edad Media, en que la cristiandad se instaló a costa de tantas consecuencias humanamente indeseables. El imperio de la fe y la imposición al mundo de creencias en realidades supraterrenales como necesarias e inevitables motivó abusos de todo tipo y atentados contra el género humano y su derecho indeclinable a la libertad, incluyendo la libertad de elegir si quiere creer en paraísos celestiales o quedarse sólo con el deseo de tener un paraíso terrenal (el reino de la Libertad que muchos filósofos pensaron generosamente y sin tontos idealismos).

En un tono pesimista el papa escribió a sus fieles: “Por tanto, no cabe duda de que un «reino de Dios» instaurado sin Dios –un reino, pues, sólo del hombre– desemboca inevitablemente en «el final perverso» de todas las cosas descrito por Kant: lo hemos visto y lo seguimos viendo siempre una y otra vez. Pero tampoco cabe duda de que Dios entra realmente en las cosas humanas a condición de que no sólo lo pensemos nosotros, sino que Él mismo salga a nuestro encuentro y nos hable. Por eso la razón necesita de la fe para llegar a ser totalmente ella misma: razón y fe se necesitan mutuamente para realizar su verdadera naturaleza y su misión”.

Con el papado ultraconservador de Benedicto XVI la Iglesia le está poniendo ‘peros’ a sus posicionamientos logrados con paciencia a través del Concilio Vaticano II, que se tomaba con más entusiasmo y menos asco el desafío de insertarse en tiempos nuevos y distintos que ya no la tenían como protagonista.

Elecciones

Cuba y el Vaticano, dos puntos pequeños e insignificantes del mundo moderno que sin embargo tienen su peso y su incidencia en el resto de la humanidad. Nuestro hábitat es la convivencia de distintas maneras de pensar paraísos, reinos redentores, soluciones o fórmulas de felicidad autoproclamadas, que con cierta reticencia reconocen que las otras opciones sean tan buenas como las propias. Y no tenemos más escapatoria que elegir con qué quedarnos… o imponer nuestra ‘solución’.

Pero algo debe quedar claro: ningún ‘reino’ dura para siempre. Somos humanos, y tanto nosotros como nuestras empresas son efímeros y responden a las necesidades de un tiempo. Y todo tiempo pasa.