Haciéndose el 24 de marzo la conmemoración de la última interrupción a la democracia argentina a manos de las Fuerzas Armadas es importante no caer en la moda de los derechos humanos por la moda misma. ¿Cuál es el sentido profundo de recordar años tan difíciles y cercanos a los nuestros?
No hay hoy escuela o instancia de gobierno y representación que no incluya en su agenda de actividades la conmemoración del “Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia”. Se trata de una fecha que caló hondo en la sociedad en razón de algunos factores, entre los cuales se pueden enumerar los siguientes: la pérdida de una generación y el vacío sin consuelo del caso de los desaparecidos; la crisis económica (¿inducida?) del modelo desarrollista, reemplazado por economías neoliberales; la pérdida del sentido participativo político y social a través del terrorismo de Estado, que introdujo en la sociedad miedo a la libertad de expresión y hasta de pensamiento mediante censura, persecución y tortura psicológica y física; etc, etc.
La memoria se impone como una autocrítica y una autocorrección de la sociedad argentina para consigo misma, pues sería una irresponsabilidad decir que represores y cómplices salieron de otra parte. Si bien hay responsabilidades personales, la historia demuestra que los dictadores son hijos de su tiempo y de ideologías colectivas que son como combustible para el fuego personal. Hacer memoria es aprender de los errores para no repetirlos y de los aciertos para acentuarlos y perfeccionarlos; y esto vale mucho más cuando aún no se cerró definitivamente la historia que se recuerda.
Pero ahora que la opción democrática de nación se va subsanando y recupera su vigor con una fuerza más que loable, hay que evitar el vicio, el culto a la memoria, la verdad, la justicia y los derechos humanos por simple moda. Caer en el cliché es un peligro: se trivializa lo que es muy serio, se lo vuelve tonto, marketinero, se lo vuelve fetiche, juego y diversión. Y temas tan delicados como estos exigen estar despierto.
Cuando la cultura se inventa nuevas formas de responder a la necesidad de memoria, verdad y justicia, muchos optan por lo fácil: hablar de la picana, apelar a las emociones (lo mismo que Tinelli apela a las emociones para el rating en sus competencias de patinaje o canto o baile), quedarse con el dolor que produce la desaparición forzada de personas y no los valores y las luchas que desencadenaron esas desapariciones. Vivimos en una época que convierte todo en televisable, y para que lo televisable dure debe ser o muy divertido y muy sanguinario. Pero la memoria no debe quedarse con la picana: picanas hubo siempre y las habrá aún.
Tenemos un país que no sólo no se pone de acuerdo acerca de cómo avanzar y construirse como unidad, sino que además destruye, a través de autoridades circunstanciales y sectoriales, su diversidad de discursos y expresiones. Las minorías fueron y son diezmadas, tratadas como locas, calladas con la censura. Las opciones alternativas de entender la vida de los hombres son tachadas como patológicas bajo diversos calificativos: ‘subversión’, ‘locura’, ‘pecado’, ‘crimen’, ‘traición a la Patria’, y todos conocemos más apelativos.
Hacer memoria no es sólo reivindicar a los desaparecidos, y sobre todo sus ideas, y buscar los nietos apropiados por el derecho a la identidad y la verdad; también es recordar que un o una presidente descalifica a la oposición política y se niega a dar conferencias de prensas y someterse al interrogatorio de la prensa; también es recordar que en la historia no existen buenos y malos a la manera de las telenovelas, pues en la vida real hay muchos grises entre el negro y el blanco, y además conviene hablar de lucha de intereses y mentalidades más que de villanos y bienhechores.